¿Qué elecciones tomamos cuando aparece la enfermedad? Y con anterioridad, ¿qué pasos tomamos día a día para prevenirla? ¿Tenemos en consideración los primeros síntomas que nos van diciendo que algo va mal?

Puede que aceptemos escucharnos y empezar a tomar conciencia o, por el contrario: hagamos oídos sordos y reprimamos nuestros sentimientos; apaguemos los síntomas con medicación o siguiendo un tratamiento paliativo; o simplemente, reprimamos ese dolor crónico.

Son dos caminos muy diferentes con diferentes consecuencias también. Las dolencias emocionales y las dolencias físicas son de igual magnitud, están interrelacionadas y necesitan ser atendidas con el mismo interés y profundidad. También es frecuente ver cómo resolvemos de alguna manera nuestras dolencias físicas, pero ocultamos las heridas emocionales, incluso a nosotros mismos. Seguimos con nuestra rutina, atareados (quizás para no pensar demasiado), cuidando del trabajo, la familia… Poner siempre a los demás por delante nos puede dejar exhaustos, incapaces de ofrecer, y puede hasta enfermarnos.

¿Cómo podemos cuidarnos verdaderamente desde ese estado?

Si queremos construir una óptima vivencia de salud y bienestar tendremos que empezar por fijar bien los cimientos: esos cimientos somos nosotros mismos.

Quizá socialmente tengamos mal asumido el concepto de “quererse a uno mismo” ya que frecuentemente se relaciona con el egocentrismo. Cuando hemos conseguido nuestro mejor estado físico y mental podemos dar desinteresadamente, con la mayor fortaleza y consideración, porque también hemos aprendido a ser considerados con nosotros mismos. También tenemos la opción de dar y dar hasta agotar nuestras energías físicas y mentales, y acabar convirtiéndonos en una carga para aquellos a los que tanto queremos. ¿Realmente queremos dejar atrás nuestros deseos, nuestros sueños y hasta nuestra propia salud? Si practicamos primero con nosotros mismos automáticamente sabremos querer y cuidar a los demás.

En la búsqueda para mejorar nuestra salud, habitualmente nos centramos en “reparar” una parte en concreto, aliviando un dolor puntual o crónico, pero SALUD tiene que ver con un completo bienestar físico y mental, lo que no es lo mismo que manifestar síntomas o tener una dolencia concreta. Si hemos llegado a un punto límite en nuestra salud, lo más provechoso es ver qué nos ha llevado hasta esa situación, buscar la causa, más que centrarnos en eliminar la dolencia o el malestar que conlleva. Para ello, la implicación total de la persona es imprescindible, haciendo uso de su propia energía y los recursos internos que resultan más eficaces que los externos a los que estamos más habituados.

Abre las puertas a tu salud y pregúntate ¿cúal es mi prioridad hoy?

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