Un cuerpo encorvado, una mirada decaída, una forma de caminar sin energía… todas estas características nos dicen algo de cómo está una persona. Las emociones controlan el sistema músculo-esquelético y el estado del equilibrio, entre otros muchos factores. Cuando aparece una emoción, todo el cuerpo es capaz de sentirla y reaccionar a ella físicamente.

Vivir con estrés, rabia o miedo permanente, puede desequilibrar nuestra salud, y especialmente perjudiciales, son las emociones negativas intensas y duraderas, porque nos activan en exceso y nos hacen más vulnerables a las enfermedades: sufrimos un mayor envejecimiento, tensión o dolor muscular, acidez estomacal, aumentar el riesgo cardiovascular, etc. El estado mental (favorable/desfavorable) con el que enfrentamos nuestra vida juega un factor muy importante en nuestro estado de salud.

Si nuestra salud pierde su equilibrio natural, quedamos más expuestos a la enfermedad, nuestro sistema inmunitario no puede protegernos; por otra parte, se altera el sistema cardiovascular y disminuye la eficacia de las células inmunes.

Convivimos con diferentes tipos de estrés: cotidiano, ambiental, social, de estilo de vida, etc. El ritmo de vida actual tiene tendencia a provocar estrés crónico con las siguientes consecuencias para nuestra salud: aumento presión sanguínea, tensión muscular, irritabilidad, angustia y depresión… Por otra parte, demasiados cambios rápidos aumentan la probabilidad de contraer enfermedades.

¿Qué solución tenemos?

En primer lugar, buscar la manera de desapegarnos de nuestras emociones, ya que el modo en que interpretamos con la mente lo que nos sucede, y como hacemos frente a lo que nos ocurre, puede estresarnos, o permitirnos sobrellevar el estrés sin ver mermada nuestra salud.

La opción saludable de gestión de nuestras emociones, pasa por buscar un enfoque activo del problema, buscar una nueva visión del mismo, o hacerse cargo de las propias emociones (reconocerlas, hablar de ellas con otras personas).

La opción menos saludable aparece si: reprimimos o no afrontamos el problema, tenemos sentimiento culpa, o nos insensibilizamos frente a lo que está ocurriendo.

Cuando surge el dolor, lo habitual es buscar un origen físico: nos decimos que quizá fue un golpe, un accidente, o una mala postura, etc. Es importante conocer la causa, y para ello también debemos buscar entre nuestras emociones a la hora de buscar la fuente de nuestros dolores. Especialmente los dolores de espalda y contractura, por ejemplo, se generan tras periodos fuertes de estrés o por una sobrecarga de trabajo, estudios o temas familiares. La columna se tensa, los nervios tienen menos espacio para enviar la información y se produce un desajuste corporal.

Durante el ajuste quiropráctico se permite que la canalización de la información y las emociones fluya mejor; aumenta la resistencia y respuesta al estrés y mejora el funcionamiento del sistema inmunológico, indispensable para hacer frente a la enfermedad.

La enfermedad es el desequilibrio de cuerpo y mente y desde la quiropráctica se trabaja para una mejor armonización entre ambos.

Las emociones conflictivas perjudican nuestra salud, especialmente las más intensas, la ira o el odio, pueden aumentar la vulnerabilidad a la enfermedad y dificultar la recuperación de enfermedades ya existentes. Por el contrario, las emociones positivas protegen y favorecen una buena salud.

El trastorno psicosomático se manifiesta con síntomas físicos de distinta índole, que provienen de algún malestar emocional pero que quedan ocultos tras los síntomas físicos, que adquieren prevalencia. Principalmente dolor y cansancio extremo o permanente son los síntomas psicosomáticos que pueden aparecer con mayor frecuencia.Hay que tomar en consideración que sufrir dolor no es normal, siempre existe una causa tras el dolor.

El cuerpo produce síntomas físicos como respuesta a desajustes o preocupaciones emocionales.

Muchas veces nos acabamos acostumbrando a ese dolor y estos síntomas pasan desapercibidos, a no ser que el dolor físico se intensifique o nos inhabilite. El dolor físico es la respuesta de protección de las cargas emocionales.

Algunas pautas que nos pueden ayudar pueden ser:

  1. Utilizar métodos de relajación y meditación para afrontar la vida. Nos gusta la definición de meditación de Jon Kabat-Zinn “meditar no es dejar la mente en blanco sino aprender a ver y a vivir con las cosas tal como son”.
  2. Podemos trabajar con una interpretación más neutra de las situaciones: frente a una dificultad, algo que no hemos logrado, no machacarnos con frases como “soy inútil”, sino que podemos reconocer que era realmente complicado, o no teníamos los medios necesarios a nuestro alcance. Esto nos ayuda a relativizar y no magnificar los problemas.
  3. Siempre empezar el día con un buen desayuno, sin saltarse ninguna comida, beber mucho líquido, hacer ejercicio diariamente si es posible ya que nos ayuda a reducir la sensación de cansancio, reducir el consumo de  azúcar, y mantener el orden en nuestra vida y nuestras cosas (el caos genera agotamiento).
  4. Ser constantes en nuestra decisión de estar bien: ejercicio físico, ejercicio emocional (potenciar las emociones positivas y no permitir que se desborden las negativas), y sobre todo escuchar nuestro cuerpo a tiempo. Muchas veces no estamos conectados con nuestro cuerpo y no reaccionamos hasta que algo va mal, entonces nos lanzamos a una carrera para solucionarlo.
  5. Cuidarse siempre y mantener un estado vital y optimista.  Adoptar una posición activa frente a las vicisitudes de la vida.

 

Bibliografia:

Libro la salud emocional. Daniel Goleman

Todo está en tu mente. Susan O’Sullivan

 

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